
En la espera previa al toque de Dsus 4, hablaba con Rocío. Esperábamos. Como de costumbre, los músicos no habían ensayado La puntualidad. Algo, o alguien, se asomó a mi/s espalda/s.
-Prendo yate Marte. Ding dong -dijo el extraño de pelo largo.
-¿Ehh? -contesté con tono inquisitivo.
- Lego jaque mate a Ping pong –insistió.
Me limité a contestar con el gesto universal de Tengo-hambre, que es el mismo de No-te-entiendo. Poco a poco empezaba a interpretar los vericuetos linguísticos del tarzán de Bonsai. Justo por encima de las bolsas de ojeras tenía una mirada cáustica. Cierta avidez maliciosa que no pude comprender. Pero se dirigía a mí, a mis ojos precisamente.
-¡Tengo la que mata a King Kong!
(Silencio).
Notó la indirecta sepulcral. Y se fue. A lo lejos una jauría de drogadictos lo esperaba. Se acercó, y a modo de reflejo pavloviano, movieron el rabo. Babeaban. Pero nada de eso se comparaba con la energía avinagrada que exhalaba el aliento de esos, sus perritos falderos.
El enanito de jardín no estaba entre el pasto, sino entre la hierba.









