Sucedía durante los cumpleaños. El Q
ueloscumplas apiñaba a una horda de enanos efervescentes en torno a lo que parecía un rascacielos, pero era una torta.
Nadie miraba a los hermanos Majó Bellagamba.
Como gárgolas alzando la mirada, extendían los brazos, cerraban los puños y, tensando el dedo índice, señalaban con asombro al O.R.N.I (igual que OVNI, pero con Repostero). Otros, para variar, abrían la boca y dejaban pender sobre el mentón un hilo de saliva. Se hilvanaba, entonces, una sinfonía de miradas embobadas. Ante tal espectáculo nosotros (sus hijos) quedábamos colorados como remolachas. Con la teoría de hacer “tortas grandes para que nadie se quede con hambre”, mamá forjaba edificaciones de hasta 4 pisos de altura. Nunca hacía dos tortas iguales. En la foto, cuando Anonetoy observaba la escena desde el útero, Martín cumplía nueve y Sole cinco.
Por dentro –del útero- pensaba que las velitas eran los ápices de los cimientos. De otro modo, ¿cómo podrían mantenerse en pie tales construcciones? Aquel día mamá quiso hacer un pino. No pudo. Dejó a un lado el colorante verde y creó una
montaña. Escaseaba el oxígeno. Las velas, oteando desde el pico, se reían de niños que no podían apagarlas. Es por eso que Martín, luego de un intento frustrado, tose en la foto.
Les encantó a todos, menos a nosotros: siempre nos daban vergüenza.
Sin embargo, ya no me ruborizo.
Me enorgullezco.

Basta un clic para que los niños crezcan. Obsérvese la cara del chico de la izquierda, Nacho Fraschini... Todo un poema.