14 abr. 2007

I) Mensajera


Meses atrás fui a mi primer entierro. Un olor fétido taladraba el escaso olor de las flores. Cosa curiosa, no había moscas entre tanta podredumbre. Cargaron el ataúd, mientras una galería de rostros perplejos se encargaba de tragarse las palabras. Comprendí la desaparición de las moscas. El crujir de las cuerdas, las vallas humanas y una multitud que abrazaba -y abrasaba- a los familiares de los muertos. A mis familiares lejanos. Las mujeres vociferaban con la certeza de comunicarse con el muerto vía ataúd inalámbrico. La masa humana se acercaba como buitres. Demostraba una piedad leprosa que caía sobre la familia. Algo repugnante. Y por si fuera poco, bloqueaban la respiración. Estrangulando al oxígeno. Nada más incómodo que postrarme ahí. Esperando el momento oportuno. Obligado a seguir el ritual. Mi más sentido pésame, dije. ¿Qué más podía hacer?

Y me asombré ante la población de cipreses que contemplaba la escena. Estaban preparados para la fiesta. Cubiertos de musgo y liquen. De enredaderas fashion. Erguidos y solemnes, semejantes a caballeros cortesanos. Mientras tanto, una cucaracha salió del sepulcro. Se me escapó una risa. La imagen de una cucaracha saliendo vencedora del sepulcro, tras moverse la piedra, es única. Pensé también que conocía mejor que yo a la abuela Manola. La abuela que murió poco después de mi nacimiento mandó un saludo desde su lejanía. Y la pobre cucaracha mensajera no recibió propina.

1 comentario:

El pollo dijo...

Ah, entonces la canción me mintió. La cucaracha sí podía caminar.